Heidi y Clara en las montañas

heidi-junto-en-las-montanasLas campanas resonaban en el valle y los pájaros cantaban en los árboles cuando Heidi se despertó en la casita de abuelo Anselmo. Después de desayunar, fue a visitar a la abuelita de Pedro. Bajó corriendo por la montaña hasta que divisó la casita.

—Así es como solía entrar Heidi —dijo la anciana.

—¡Soy yo, abuelita, soy yo, Heidi!

—dijo la niña, entrando precipitadamente, abrazándose a la anciana que estaba ciega y llenándola de besos.

La abuelita se negaba a creer que era ella hasta que sus manos hubieron acariciado cada rizo del cabello de Heidi.

La niña no paraba de hablar sobre Francfort:

—¡No hay árboles, imagínese! ¡Ni flores, ni cabras en las montañas!

Sólo hay grandes edificios de piedra con ventanas que no pueden abrirse. No me extraña que Clara no se encontrara bien allí.

—Tú tampoco tienes muy buen aspecto —dijo Ursula—. Pedro no te reconocerá cuando regrese de la escuela.

—Me encuentro bien. Lo que sentía era añoranza, pero ahora que he vuelto con el abuelo todo irá bien.

Y sin decir una palabra, Heidi tomó un libro de la estantería y sopló para quitarle el polvo.

—¿Qué quiere que le lea, abuelita?

—Lo que quieras, niña, lo que quieras. ¿Pero es verdad que sabes leer, Heidi?

—Leeré este trocito que habla del sol.

 

“El dorado sol sigue su curso,

y derrama su luz,

cálida y brillante,

sobre todos nosotros”

 

—¡Heidi, es verdad que sabes leer!

Heidi continuó leyendo hasta que se abrió la puerta de la casita estrepitosamente y entró Pedro.

heidi-y-pedroHeidi estaba tan contenta de verle que se acercó corriendo y le dio un beso. Luego le contó todo lo que había sucedido desde la última vez que se vieron, y que había aprendido a leer, lo cual no le había resultado nada difícil.

Cuando Pedro reconoció que él no sabía leer todavía, Heidi dijo:

—Mañana subiremos al Pico del Halcón y te daré la primera lección.

Voy a enseñarte a leer.

—¿De veras crees que podrás enseñarme? —preguntó Pedro.

—Pues claro que sí, ya lo verás.

Durante el verano, Heidi, Pedro y las cabritas subían todos los días a las montañas que rodeaban la casita del abuelo. Heidi volvió a contemplar las flores y los pájaros, y todas las cosas que había echado tanto de menos cuando estaba en Francfort. No había nadie en el mundo que se sintiera más feliz. Con ayuda de Heidi, Pedro consiguió aprender a leer, primero las letras, luego las palabras y por fin las frases, hasta que un día pidió leer el libro de la abuelita.

Un día estaba Heidi jugando frente a la casita, cuando vio a un grupo de forasteros que subían del pueblo, al distinguirlos lanzó una exclamación tan fuerte que el abuelo salió corriendo para ver qué sucedía.

—¡Ya están aquí! ¡Por fin han llegado! ¡Mira, abuelo, mira!

heidi-espera-a-claraLa comitiva ascendía lentamente por el sendero de la montaña. Delante iban dos hombres que portaban una silla sobre dos palos largos, en la que iba sentada una niña cubierta con unas mantas y unos chales. Detrás de ellos iba una señora a lomos de un hermoso caballo blanco, y detrás de ella un hombre empujando una silla de ruedas vacía y otro cargado con abrigos y paquetes.

Cuando llegaron a la casita del abuelo, Heidi corrió a saludarles y besó a la niña que iba sentada en la silla. Era Clara, su amiga de Francfort. Y montada en el caballo iba la abuela de Clara.

—Qué hermosa casa tiene usted, Anselmo —dijo la anciana, desmontando—. ¡No me extraña que Heidi estuviera deseando volver!

—¿Te gusta, Clara? —preguntó Heidi muy excitada. Clara echó un vistazo a su alrededor, asombrada. Jamás había visto nada tan bello. —¿Puedo quedarme aquí para siempre? —preguntó a su abuela.

—Para siempre no lo sé, pero si Anselmo está de acuerdo, puedes quedarte unos días. -¡Oh, por favor, di que sí!

—exclamó Heidi. El anciano sonrió y contestó: -Desde luego que puedes quedarte, Clara.

tarde, cuando hubieron disfrutado de una comida a base de pan, queso fundido y leche, acordaron que la abuela regresaría a buscar a Clara al cabo de cuatro semanas.

Aquella noche, cuando el sol se ponía, el abuelo tomó a Clara en brazos y la llevó al desván donde dormía Heidi.

—Quizá le parezca extraño todo esto a una señorita como tú — dijo—pero creo que estarás cómoda.

—Es como un sueño —dijo Clara—. Heidi me ha hablado muchas veces de su lecho de heno y de la ventana redonda que hay en la pared. Pero nunca pensé que me encontraría aquí, con el valle a mis pies. Es igualito a como tú lo describiste, Heidi, pero el doble de hermoso. Mañana iré a conocer a Pedro, a la abuelita y a las cabras. ¡Oh, qué feliz me siento!

heidi-pedro-y-claraEn cambio Pedro no se sintió nada feliz al ver a Clara por allí. Le parecía como si Heidi le hubiera abandonado a causa de Clara. Aceptaba a regañadientes ayudar a Heidi en su propósito de conducir la silla de ruedas de Clara por el sendero de la montaña. Al ver que Heidi explicaba a Clara todas las cosas que le había enseñado él, se sintió traicionado.

Cuando se detuvieron para almorzar, los celos de Pedro llegaron a tal extremo que, aprovechando un momento en que las niñas no le veían, se acercó a la silla de ruedas, soltó el freno y le dio un violento empujón. La silla descendió por la ladera de la colina cada vez más deprisa hasta que se despeñó, haciéndose añicos sobre los aguzados riscos.

—¡Mi silla! —gritó Clara horrorizada—. ¿Cómo voy a bajar? ¡Ojalá pudiera andar!

—Te ayudaremos a bajar como podamos —dijo Heidi—. Pon un brazo alrededor de mi cuello y el otro debajo del brazo de Pedro. Nosotros te llevaremos camino abajo.

Clara no era precisamente un peso ligero y los niños pronto se cansaron.

—Apoya los pies en el suelo firmemente —dijo Heidi. Clara obedeció. Puso un pie en el suelo y luego el otro. Entonces, sostenida por Heidi y por Pedro, intentó dar un pasito.

clara-andando-con-el-abuelo—Creo que conseguiré hacerlo, Heidi. —Lenta y fatigosamente, Clara intentó dar un paso, luego otro—. ¡Mira, puedo andar!

Clara se agarró con firmeza a Heidi y a Pedro ¡y comprobó que podía dar unos pasos! ¡Estaba andando!

Heidi no cabía en sí de gozo.

—¡Ojalá que pudieran verte el abuelo y tu abuela! ¡Ahora podremos volver a las montañas todos los días!

Anduvieron otro poco y luego se detuvieron para descansar. El sol todavía calentaba y debido a los esfuerzos realizados aquella mañana y al dulce aroma de las flores, se quedaron dormidos en el monte.

Permanecieron tumbados mientras el sol de la tarde declinaba, hasta que el abuelo, preocupado por su tardanza en volver, se encaminó hacia los prados llamándoles una y mil veces.

Heidi se despertó y corrió hacia él.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Clara puede caminar!

—¿Cómo? ¿Pero qué dices, criatura? No es posible.

Pero el anciano sonrió y, sosteniendo a Clara, le ayudó a dar unos pasos. Fatigosamente, la niña echó a andar muy lentamente, apoyada en el fuerte brazo de abuelo Anselmo.

Eso es asombroso Clara, pero no debes cansarte más de la cuenta.

Y tomó a Clara en brazos y la llevó a la casita.

A la mañana siguiente, muy temprano, abuelo dijo que escribiría a la abuela de Clara invitándola a pasar unos días con ellos, pues había algo muy especial que querían mostrarle.

Los días que siguiero fueron quizá los más felices que había vivido Heidi. Clara se despertaba cada mañana con la sensación de que su salud mejoraba y se ponía fuerte por momentos. Y cada día daba unos pasos más que el anterior.

Pasó algún tiempo antes de que la abuela contestara diciendo que en unos días llegaría acompañada por el señor Sesemann, el padre de Clara.

Y llegó el gran día.

Los invitados se mostraron tan alegres como sorprendidos.

¿Qué es esto? —exclamó la abuela cuando vio a Clara—. ¿Cómo no estás sentada en tu silla de ruedas?

papa-clara-felizEl señor Sesemann se la quedó mirando atónito, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Es que no me conoces, papá?

¿Tanto he cambiado? —rió Clara.

—¡Clara! —Su hija, con el rostro rebosando salud y el cabello dorado por el sol, bajaba caminando por el sendero hacia él. Su padre la abrazó—. ¿Pero eres realmente tú, cariño?

—¡Sí, papá! ¡Soy yo! Mi silla de ruedas se rompió y Pedro y Heidi tuvieron que llevarme en brazos. Pero como se cansaban mucho, no tuve más remedio que ponerme a caminar. Me vi obligada a hacerlo.

Entonces Heidi, el abuelo, la abuela y Pedro se unieron a ellos, y todos juntos bajaron a la casita de Pedro para celebrar el acontecimiento.

El sonido de sus risas llenaba el valle y resonaba entre las montañas. Abuelo Anselmo, que vestía su mejor traje, cantó una canción del libro de la abuelita de Pedro.

—Tiene una espléndida voz, Anselmo —dijo la señora Sesemann-el coro de la iglesia.

Y ante el asombro de todos, el anciano contestó:

—Pues eso me propongo hacer, si me admiten en la iglesia de Dorfli.

El invierno que viene pienso llevar a Heidi allí al colegio.

Sólo Pedro no tenía ánimos para unirse a sus risas. Se sentía culpable por haber despeñado la silla de ruedas de Clara.

—Acércate, chico —dijo la señora Sesemann—, y colócate frente a mí.

Has ayudado a Clara a caminar de nuevo y tendrás tu recompensa. —No —dijo él, casi sollozando—. Tenía que ayudar a Clara, y…

yo… yo… empujé la silla de ruedas montaña abajo porque estaba celoso. y,j¡ Heidi lo sabe, pero no 7 /se lo ha contado a nadie y porque es amiga mía.

Pero ahora comprendo que hice mal y lo lamento con toda el alma.

—Efectivamente, hiciste muy mal al empujar la silla de ruedas para que rodara montaña abajo —dijo la abuela—, pero eso obligó a la pobrecita Clara a caminar otra vez. No debes seguir arrepentido por ello.

Pronto, demasiado pronto, llegó la hora de marcharse. El señor Sesemann y la abuela decidieron que Clara regresaría con ellos.

En el momento de las despedidas, todos lloraron mucho, pero la abuela les aseguró que en verano Clara volvería a pasar una temporada con Anselmo, con Heidi y con Pedro en la linda casita de las montañas.

Has ayudado a Clara a caminar de nuevo y tendrás tu recompensa. —No —dijo él, casi sollozando—. Tenía que ayudar a Clara, y… yo… yo… empujé la silla de ruedas montaña abajo porque estaba celoso. y,j¡ Heidi lo sabe, pero no 7 /se lo ha contado a nadie y porque es amiga mía.

Pero ahora comprendo que hice mal y lo lamento con toda el alma.

—Efectivamente, hiciste muy mal al empujar la silla de ruedas para que rodara montaña abajo —dijo la abuela—, pero eso obligó a la pobrecita Clara a caminar otra vez. No debes seguir arrepentido por ello.

Pronto, demasiado pronto, llegó la hora de marcharse. El señor Sesemann y la abuela decidieron que Clara regresaría con ellos.

En el momento de las despedidas, todos lloraron mucho, pero la abuela les aseguró que en verano Clara volvería a pasar una temporada con Anselmo, con Heidi y con Pedro en la linda casita de las montañas.

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