Lily y el canguro

En la mañana del tercer día que pasaba Lily en el bosque, el sol apareció todo dorado y teñido de carmesí sobre un mundo luminoso, fresco y perfumado. Cantaban los grillos, las ranas croaban y los pájaros trinaban. Quizá entre las aves se encontraba el aguzanieves, que conocía el camino de regreso a la casa de Lily.

El canguro estaba muy cansado tras haber escapado de los cazadores aborígenes defendiéndose de sus perros. Así que Lily tuvo que ir andando en vez de viajar en la bolsa del canguro y al mediodía se sintió también muy fatigada. Cuando llegaron a un paraje al abrigo del sol, el canguro dijo:

-Tú quédate aquí a descansar, Lily.

Mientras te echas una siestecita, yo iré en busca del aguzanieves.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

A Lily ya no le daba tanto miedo quedarse sola en el bosque, con lo que se acostó y no tardó en dormirse. Pero sus sueños eran confusos y extraños. Le pareció oír una multitud de voces que murmuraban. Al despertarse, comprendió que las voces eran reales.

Había un cierto vocerío:

-¡Este no es tu sitio!

-¡Ponte ahí!

-¿Ha visto alguien al oso australiano?

-¿Quién hará de juez?

Lily se incorporó y miró a su alrededor. Prácticamente todos los animales de quienes había oído hablar estaban reunidos allí: grullas, cisnes, pelícanos, canguros, ratas de Malabar, koalas y un arco iris de loros de brillante colorido que no paraban de chillar.

-¡Qué amables habéis sido al venir a saludarme! -exclamó Lily.

Los animales callaron un instante; el pelícano avanzó contoneándose y dijo:

Lily y el canguro
Lily y el canguro

-Estamos aquí para juzgarte por los daños que los humanos han causado a las criaturas del bosque. Seremos justos e imparciales. Yo presentaré los cargos. La cacatúa hará de juez. Las aves que están ahí constituirán el jurado.

-¡Qué gracioso! -dijo Lily, que no estaba nada asustada. Amaba tanto a todos los animales que no podía creer que quisieran hacerle daño.

La urraca dijo:

-¡No tiene ninguna gracia! ¡Pero fijaos! ¡La prisionera le está rascando la cabeza al juez! (La cacatúa recordó de pronto que hacía de juez y Lily dejó de rascarle las plumas de la cabeza). Llamad al pájaro charlatán. La semana pasada unos humanos blancos mataron a tiros a dos de su especie.

El pájaro charlatán (que había salvado a Lily de la serpiente cuando aquélla se encontraba perdida) permaneció en un árbol riendo por lo bajito.

-¿Por qué no llamáis al ornitorrinco primero? Los humanos quieren saber muchas cosas de su vida y está muy enfadado con ellos.

La rata exclamó:

-El ornitorrinco no vendrá. Dice que tiene más antepasados que todos nosotros. Se cree superior.

Entonces, el pelícano intervino diciendo:

-Bueno, pues llamad al koala. Los humanos le meten en parques zoológicos y está que trina.

-Este juicio me parece una comedia ridicula -dijo el koala, que se quedó dormido en el árbol.

El pelícano agregó:

-¡Pues llamad al canguro para que declare! ¡Es quien más padece! Los humanos le acosan, le matan, le despellejan y hacen con él botas y sopa!

El pájaro charlatán rió y dijo:

-¡Ja! ¡ja! Es inútil. El canguro y Lily son grandes amigos. No querrá declarar contra la pequeña humana.

El pelícano preguntó:

-¿Pero es posible que el canguro haya perdonado a los cazadores?

-Sí -contestó el pájaro charlatán con una risita.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

-¡Yo me rindo! -dijo el pelícano.

El juicio acabó en medio de un gran alboroto.

En aquel momento apareció en el claro del bosque el canguro, dando grandes saltos y jadeando de emoción:

-¡Lily, Lily! ¡He encontrado al aguzanieves! ¡El conoce el camino de regreso a tu casa!

Y metiendo a Lily dentro de su bolsa, saltó hábilmente sobre el juez y se la llevó lejos.

No tardaron en oír el «cliqui-ti-clac, cliqui-ti-clac» de la canción del aguzanieves. Este dijo:

-¡Vaya jaleo se ha armado contigo! ¡Hay un montón de humanos que te andan buscando! Y están tan tristes y desfallecidos…

Ahora se ha hecho tarde, pero mañana cruzaremos esa hilera de robles y llegarás a tu casa.

Lily y el canguro se quedaron charlando hasta bien entrada la noche. El simpático animal dijo:

-Cuando te vayas será como volver a perder a mi hijito.

Por la mañana, Lily y el canguro, conducidos por el aguzanieves, llegaron a un descampado y se encontraron con un emú. Era un signo evidente de que los humanos no andaban lejos, pues a los emúes les encanta vivir cerca de los rebaños de ovejas. La enorme ave dijo:

-Me voy a beber a la pila de las ovejas. Podríais acompañarme, pero los humanos han echado veneno para que no se acerquen los canguros. Con nosotros no se meten… les gusta demasiado comer nuestros huevos. Sólo nos matan cuando bailamos entre sus ovejas… ¡Qué tendrán las ovejas para que se preocupen tanto por ellas!… ¡Fijaos en ese rebaño! ¡Apenas puedo contener las ganas que siento de bailar!

Y el emú se alejó riendo para ir a bailar entre las ovejas y dispersarlas por toda la llanura.

Al acercarse a la casa, Lily y el canguro vieron junto a ella a un hombre que llevaba una escopeta. El hombre miró de pronto hacia los matorrales y exclamó:

-¡Qué raro ver a un canguro por aquí!

En aquel momento una mujer apareció en la puerta de su casa y, resguardándose los ojos del sol, miró también hacia los matorrales.

Entonces, el canguro entró en el corral dando saltos, y el padre de Lily levantó la escopeta dispuesto a disparar. Pero la madre se acercó corriendo y torció la dirección del tiro.

-¡No! ¡Mira, si es Lily! -gritó.

La escopeta se disparó al aire.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

La niña, que acababa de caerse de la bolsa del canguro, corrió hacia ellos con los brazos extendidos y sus padres la abrazaron y besaron. La madre de Lily se echó a llorar de lo feliz que se sentía, y eso hizo que Lily rompiera a llorar también. Hasta su padre se enjugó los ojos, mientras abrazaba a la hijita que creía muerta.

-No me lo explico -repetía- ¿Cómo has podido…?

Lily se echó a reír y dijo: -¡Tengo muchas cosas que contarte, papá! Pero antes quiero que vengas y le des un abrazo, y te disculpesn con mi amigo el canguro. ¡Por poco lo matas de un disparo! ¡Ha sido él quien me ha salvado y me ha traído a casa! Prométeme que nunca, nunca más, volverás a hacerle daño a un canguro…, ni a ningún otro animal del bosque.

-Te lo prometo, cariño -dijo su padre, y le dio otro beso muy fuerte.

Durante todo ese rato, el bondadoso canguro había permanecido sentado sobre sus cuartos traseros, resoplando asustado desde que oyó la detonación. Pero al ver lo agradecido que se sentía el padre de Lily, comprendió que éste cumpliría su promesa. Cuando los humanos hubieron entrado en la casa, riendo todavía y abrazándose, el animal se acercó a la ventana para echar un vistazo al interior. Y entonces sucedió algo muy curioso. Una cría de canguro salió por la puerta dando brincos y de un salto aterrizó en la cálida bolsa del canguro.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

La madre de Lily levantó la vista y al ver aquella carita gris asomándose por el borde de la bolsa, dijo:

-Fíjate, tu canguro tiene a nuestra cría… la que se encontró Jack la semana pasada cuando salieron a cazar canguros.

Lily se volvió y, al ver al canguro y a la cría, dijo:

-¡Pero si es su hijito! ¡Ya se han encontrado! ¡Qué felices seremos todos ahora!

Al anochecer, cuando despidió con la mano al canguro y lo vio alejarse dando brincos en la oscuridad, Lily sintió una gran tristeza, aunque sabía que esta vez no se alejaría demasiado. En adelante, aquel paraje sería un lugar seguro para todas las aves y los animales de los bosques de Australia.