Lily y el canguro

Lily se despidió del pájaro con un adiós, mientras se alejaba con el canguro en busca del ornitorrinco. Los demás animales decían que sólo él podía ayudar a Lily a encontrar el camino para volver a casa.

-Nunca he visto un ornitorrinco -dijo Lily, mientras caminaban por una profunda hondonada- ¿A qué se parece?

-Oh. en realidad está muy bien -dijo el canguro-, pero es un ser tan raro… Los peces dicen que no es de los suyos y los pájaros aseguran que es un pez. Todo el mundo le deja en paz. salvo los humanos, que se pasan el tiempo escribiendo libros sobre él.

Al cabo de un rato, llegaron a un estanque sombreado. El canguro saltó al borde del agua y emitió unos tenues gruñidos. En seguida Lily divisó algo negro en la superficie del agua. Era el pico de la criatura más extraña que jamás había visto: pequeño y peludo, pero con pies palmeados como un pato.

El canguro lamió una manchita en la frente de Lily y dijo:

-Ahora ten mucho cuidado con lo que le vas a decir.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

Yo soy el Ornitlwrhynchus Paradoxus -dijo el animal- ¿Tú también pretendes escribir un libro sobre mí? ¡Humanos! Venís aqui, excaváis mi casa y pensáis que podéis escribir libros sobre mí. ¡Sobre mi. cuyos antepasados han estado en la tierra durante millones de años!

Lily intentó explicarle que se había perdido, pero el ornitorrinco parecía aburrirse. Al final, ella estalló:

-¡Bueno, pero alguien debe conocer el camino!

-Claro -dijo el ornitorrinco bostezando-. No tienes más que preguntar al aguzanieves.

-¡Oh. gracias! -exclamó Lily-, ¡Qué inteligente eres ornitorrinco!

-¡Ya te he dicho que mi nombre es Ornithórhynchus Paracloxus /

Y se sumergió nuevamente en el estanque.

-¡Bueno! ¡Tenemos que encontrar al aguzanieves! -dijo el canguro-. Salta aqui dentro y vamonos.

Lily y el canguro
Lily y el canguro

Buscaron durante todo el día. dando saltos entre los matorrales. Pero a pesar de que muchas criaturas le habían visto o habían oído el repiqueteo de su chirriante canto, «cliki-ti-cloc, cliki-ti-cloc». acababa siempre de irse cuando llegaba el canguro. Así pues, tras beber agua en un charco, encontró en la roca un refugio donde cobijarse durante la noche.

Mientras Lily descansaba junto al canguro, pensaba tristemente en sus padres que la estarian buscando. Ignoraban que su amigo la estaba cuidando muy bien. Las estrellas aparecieron y Lily intentó contarlas.

De repente abrió los ojos. La Luna estaba alta y el canguro olfateaba el aire. A través de los árboles llegaba un ruido continuo de tambores.

-¿Qué es eso? -preguntó ella.

-¡Aborígenes! -susurró el canguro-. Tenemos que irnos.

-Pero no nos van a hacer daño, ¿verdad? -dijo Lily. que deseaba volver a ver caras humanas- Me gustaría presenciar sus danzas.

-Si nos ven, nos cazarán con sus perros y nos matarán -contestó el canguro-. Pero si tienes que verlos… sigúeme y procura no hacer ruido.

Saltando entre la maleza, se acercaron cada vez más a aquella fiesta. Desde el interior de su bolsa. Lily notaba el nerviosismo de su amigo. Pronto pudieron ver a unos hombres que bailaban con sus cuerpos pintados de rojo y de blanco. Otros estaban en cuclillas en el suelo golpeando unos bumerangs con palos o tocando palmas. Todos cantaban una canción extraña, como un lamento, mientras el fuego de su campamento alumbraba sus rostros con un horrible resplandor rojo.

-¡Tengo miedo! -susurró Lily-. ¡Los humanos blancos no son así!

-Todos los humanos son iguales en el fondo -dijo el canguro-. Todos nos matan. Mira, esa danza está dedicada a la muerte de los canguros. Uno de los bailarines hace el papel de canguro y el otro pretende cazarlo. Lily se estremeció y murmuró: -¡Ojalá no fuera yo un humano! El animal la acarició. -Hay algunos humanos buenos. Si nunca llevas botas de piel de canguro y nunca, nunca, comes sopa de canguro, aprenderás a ser uno de ellos.

-Te lo prometo- respondió Lily.

Estaban tan absortos en sus cuchicheos que se olvidaron por completo de los perros de los aborígenes. De repente, los perros salvajes que merodeaban por el campamento olfatearon al canguro y se pusieron a ladrar.

Se detuvieron los cantos y brotaron gritos de todas las gargantas. El canguro agarró a Lily y se alejó dando enormes saltos. Parecía volar a través de la noche.

Pero los perros y los aborígenes continuaban persiguiéndole. La pobre Lily estaba aterrada. La Luna brillaba y los cazadores podían ver fácilmente al canguro. Saltaba con tanta fuerza que pronto empezó a faltarle el aliento.

-¡Canguro! -gritó Lily- ¡Déjame en el suelo! ¡Sin mí lograrás escapar!

-¡Nunca! -jadeó el valiente animal- ¡Así es como perdí a mi pequeño!

De repente se paró en seco. Se hallaba al borde de un barranco negro y profundo, un gran precipicio en la tierra. Lily podía ver a los cazadores todavía lejos, pero uno de los perros se había adelantado a los demás y se aprestaba a atacar a la luz de la Luna. El sacó a la niña de su bolsa y saltó hacia el perro para enfrentarse con él. Aguardó erguido y alto con sus pequeños brazos abiertos.

Con un gruñido terrible, el perro saltó a la garganta del canguro. Pero éste lo agarró entre sus dos manos negras, le dio una patada con una de sus potentes patas traseras y cuando lo tiró al suelo, ya estaba muerto.

¡Los demás cazadores se acercaban!

La única salvación posible era franquear el barranco. El canguro recogió a Lily, la volvió a colocar en su bolsa y galopó hacia el terrible precipicio.

Lily gritó de nuevo.

-¡Oh. querido canguro, déjame aquí y sálvate!

Pero no oyó más que el silbido del viento. Luego llegó el gran salto. Lily contuvo su respiración y volaron a través del aire…

¡Sí, habían alcanzado la otra orilla! ¡Pero… el canguro se deslizaba hacia atrás, hacia el barranco! Buscó desesperadamente un punto de apoyo, lo encontró, se arrastró hacia delante y luego se desplomó.

En un instante Lily salió de la bolsa y rodeó con sus brazos el cuello del pobre animal.

-¡Oh, no te mueras, querido canguro! ¡Por favor, no te mueras! -sollozaba hundiendo su cara en la piel gris.

Pero el canguro permanecía tumbado. Respiraba entrecortadamente.

De repente oyó una áspera voz a su espalda:

-¡Pero bueno! ¿Por qué no le das un poco de agua a tu amigo canguro? ¡Qué tontos sois los humanos!

Lily se volvió y vio un pequeño pájaro marrón erguido sobre unas largas patas.

-Es que no hay agua.

-¡Boba! -se mofó el alcaraván-. Si la tienes debajo… ¡Haz un agujero en la hierba!

Lily hundió sus manos en la hierba y el musgo e hizo un pequeño agujero. Al instante brotó una maravillosa fuente de agua clara. Recogió un poco entre sus manos y la derramó sobre la lengua jadeante y la piel desgreñada del canguro. Con gran alegría vio que los ojos marrones del animal se abrían y comprobó que su buen amigo no se estaba muriendo.

-Fuiste muy amable al descubrirme lo del agua -dijo Lily al alcaraván.

Pero aunque el pájaro la escuchaba complacido, era siempre tan antipático que tan sólo hizo una mueca y dijo:

-¡Ya! ¡Eh. estúpida! Encontrarás una cueva seca detrás de ese eucalipto. No está mal como habitación de canguros y humanos ignorantes.

-¡Gracias, gracias! -le gritó Lily mientras ayudaba al canguro a ponerse en pie.

Qué suerte haber encontrado amigos así en la pradera. Pronto darían con el paradero del aguzanieves y éste le enseñaría el camino de su casa.

-Cuando sea mayor-pensó-, no permitiré que nadie haga daño a mis amigos de la pradera.