Cuentos

 Abdula y el genio
 Alibaba y los 40 ladrones
 Alicia en el Pais de las Maravillas
 Bambi
 Barba azul
 Blancanieves
 Buen humor
 Caperucita roja
 Cuento de navidad
 Debajo un botón
 El acertijo
 El ángel
 El arbol de los zapatos
 El avaro
 El barco chiquitito
 El burro enfermo
 El canal de Simón
 El caracol y el rosal
 El castillo desaparecido
 El Charco de lagrimas
 El cisne orgulloso
 El condor de fuego
 El duende de la tienda
 El enano saltarín
 El error de Amadeo
 El escondite de Cristina
 El espantajo peludo
 El extraño viaje de Narana
 El flautista de Hamelin
 El gallo Quiquiriqui
 El gato con botas
 El genio y el pescador
 El gigante egoísta
 El grillito cri-cri-cri
 El hada del lago
 El hada muérdago
 El hombre de nieve
 El laberinto del minotauro
 El leon y el pavo
 El león y el ratón
 El lobo y las 7 cabritillas
 El mago Merlín
 El niño que quería un arco iris
 El ogro del bosque
 El ogro Grogro
 El ogro Grogro 2
 El ogro Grogro 3
 El oso manso
 El parasol
 El patito feo
 El perro y el asno
 El primer vuelo
 El ratoncito Pérez
 El reino del revés
 El Rey Midas
 El rey rana
 El rompecabezas
 El sastrecillo valiente
 El señor tigre
 El soldadito de plomo
 El tesoro perdido
 El traje del emperador
 El vikingo terrible
 El zorro glotón
 Florecilla Silvestre
 Gabolino, el gato embrujado
 Gobolino, el gato aventurero
 Gobolino, el gato del caballero
 Gobolino, el gato faldero
 Gol de Federico
 Grinda, la ranita nadadora
 Guillermo Tell
 Hansel y Gretel
 Heidi
 Hijo del Sol
 Jorge y el Dragon
 Juan sin miedo
 La bella durmiente
 La bella princesa
 La bella y la bestia
 La bici de Miguel
 La caja de Pandora
 La cajita de yesca
 La cancion del osito Osias
 La cenicienta
 La chaqueta voladora
 La cigarra y la hormiga
 La creación del hombre
 La espada pacifica
 La estatua triste
 La gallina de los huevos de oro
 La gallina roja
 La habitación desordenada
 La hucha
 La hucha voladora
 La liebre y el erizo
 La liebre y la tortuga
 La luna y el lago
 La muchacha guerrera
 La navidad de Papa Noel
 La oca de oro
 La paloma y la hormiga
 La pastora y el deshollinador
 La perla del dragón
 La princesa de la lluvia
 La princesa y el frijol
 La princesa y el guisante
 La rana encantada
 La ratita presumida
 La reina de la Mariposas
 La sirenita
 La vendedora de cerillas
 La vendedora de mangos
 La zorra y el cuervo
 Las habichuelas mágicas
 Las mejores amigas
 Las tres calvas
 Las tres hilanderas
 Lenguas contra orejas
 Lily y el canguro
 Lily y el canguro 2
 Lily y el canguro 3
 Lobo con piel de cordero
 Los 12 hermanos
 Los 3 cerditos
 Los cisnes salvajes
 Los dos hermanos
 Los duendes y el zapatero
 Los gorros colorados
 Los músicos de Bremen
 Los perros de los volcanes
 Los tirantes rojos
 Los tres cerditos
 Los tres deseos
 Los tres enanitos
 Los viajes de Gulliver
 Melisa
 Mi pequeño caracol
 Niño enfermo
 Osito Wolstencroft
 Palitroque
 Palitroque y la caravana mágica
 Peter Pan
 Piel de asno
 Pinocho
 Pinocho en el Pais de los Juegos
 Pinocho vuelve a casa
 Pinocho y la gran busqueda
 Pinocho y la promesa del hada
 Pinocho y sus amigos
 Puedes guardar un secreto
 Pulgarcito
 Que viene el lobo
 Rapunzel
 Ratón de campo
 Ricitos de oro
 Sambo y la fiesta de disfraces
 Santi el Valiente
 Serafín Migadepan
 Simbad el marino
 Sudi y el tigre
 Tamboril y el Gitano
 ¡Baila, muñequita!
 ¿quién es más fuerte?
 Como escribir un cuento
 Una carrera loca
 La casa del conejo

El gigante egoísta

Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños jugaban en el jardín de un gran castillo deshabitado. Se revolcaban por la hierba, se escondían tras los arbustos repletos de flores y trepaban a los árboles que cobijaban a muchos pájaros cantores. Allí eran muy felices.

Una tarde, estaban jugando al escondite cuando oyeron una voz muy fuerte.

-¿Qué hacéis en mi jardín?

Temblando de miedo, los niños espiaban desde sus escondites, desde donde vieron a un gigante muy enfadado. Había decidido volver a casa después de vivir con su amigo el ogro durante siete años.

-He vuelto a mi castillo para tener un poco de paz y de tranquilidad -dijo con voz de trueno-. No quiero oír a niños revoltosos. ¡Fuera de mi jardín! ¡Y que no se os ocurra volver!

El gigante egoista

Los niños huyeron lo más rápido que pudieron.

-Este jardín es mío y de nadie más -mascullaba el gigante-. Me aseguraré de que nadie más lo use.

Muy pronto lo tuvo rodeado de un muro muy alto lleno de pinchos.

En la gran puerta de hierro que daba entrada al jardín el gigante colgó un cartel que decía "PROPIEDAD PRIVADA. Prohibido el paso". . Todos los días los niños asomaban su rostro por entre las rejas de la verja para contemplar el jardín que tanto echaban de menos.

Luego, tristes, se alejaban para ir a jugar a un camino polvoriento. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió el suelo con una espesa capa blanca y la escarcha pintó de plata los árboles. El viento del norte silbaba alrededor del castillo del gigante y el granizo golpeaba los cristales.

-¡Cómo deseo que llegue la primavera! -suspiró acurrucado junto al fuego.

Por fin, la primavera llegó. La nieve y la escarcha desaparecieron y las flores tiñeron de colores la tierra. Los árboles se llenaron de brotes y los pájaros esparcieron sus canciones por los campos, excepto en el jardín del gigante. Allí la nieve y la escarcha seguían helando las ramas desnudas de los árboles.

-La primavera no ha querido venir a mi jardín -se lamentaba una y otra vez el gigante- Mi jardín es un desierto, triste y frío.

Una mañana, el gigante se quedó en cama, triste y abatido. Con sorpresa oyó el canto de un mirlo. Corrió a la ventana y se llenó de alegría. La nieve y la escarcha se habían ido, y todos los árboles aparecían llenos de flores.

En cada árbol se hallaba subido un niño. Habían entrado al jardín por un agujero del muro y la primavera los había seguido. Un solo niño no había conseguido subir a ningún árbol y lloraba amargamente porque era demasiado pequeño y no llegaba ni siquiera a la rama más baja del árbol más pequeño.

El gigante sintió compasión por el niño.

El gigante egoista

-¡Qué egoísta he sido! Ahora comprendo por qué la primavera no quería venir a mi jardín. Derribaré el muro y lo convertiré en un parque para disfrute de los niños. Pero antes debo ayudar a ese pequeño a subir al árbol.

El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron se asustaron tanto que volvieron a escaparse. Sólo quedó el pequeño, que tenía los ojos llenos de lágrimas y no pudo ver acercarse al gigante. Mientras el invierno volvía al jardín, el gigante tomó al niño en brazos.

El gigante egoista

-No llores -murmuró con dulzura, colocando al pequeño en el árbol más próximo.

De inmediato el árbol se llenó de flores, el niño rodeó con sus brazos el cuello del gigante y lo besó.

Cuando los demás niños comprobaron que el gigante se había vuelto bueno y amable, regresaron corriendo al jardín por el agujero del muro y la primavera entró con ellos. El gigante reía feliz y tomaba parte en sus juegos, que sólo interrumpía para ir derribando el muro con un mazo. Al atardecer, se dio cuenta de que hacía rato que no veía al pequeño.

-¿Dónde está vuestro amiguito? -preguntó ansioso.

Pero los niños no lo sabían. Todos los días, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al hermoso jardín del gigante. Y todos los días el gigante les hacía la misma pregunta: -¿Ha venido hoy el pequeño? También todos los días, recibía la misma respuesta:

-No sabemos dónde encontrarlo. La única vez que lo vimos fue el día en que derribaste el muro.

El gigante se sentía muy triste, porque quería mucho al pequeño. Sólo lo alegraba el ver jugar a los demás niños.

Los años pasaron y el gigante se hizo viejo. Llegó un momento en que ya no pudo jugar con los niños.

Una mañana de invierno estaba asomado a la ventana de su dormitorio, cuando de pronto vio un árbol precioso en un rincón del jardín. Las ramas doradas estaban cubiertas de delicadas flores blancas y de frutos plateados, y debajo del árbol se hallaba el pequeño.

-¡Por fin ha vuelto! -exclamó el gigante, lleno de alegría.

Olvidándose de que tenía las piernas muy débiles, corrió escaleras abajo y atravesó el jardín. Pero al llegar junto al pequeño enrojeció de cólera.

-¿Quién te ha hecho daño? ¡Tienes señales de clavos en las manos y en los pies! Por muy viejo y débil que esté, mataré a las personas que te hayan hecho esto.

Entonces el niño sonrió dulcemente y le dijo:

-Calma. No te enfades y ven conmigo.

-¿Quién eres? -susurró el gigante, cayendo de rodillas.

-Hace mucho tiempo me dejaste Jugar en tu jardín -respondió el niño-. Ahora quiero que vengas a jugar al mío, que se llama Paraíso.

El gigante egoista

Esa tarde, cuando los niños entraron en el jardín para jugar con la nieve, encontraron al gigante muerto, pacificamente recostado en un árbol, todo cubierto de llores blancas.