Cinco enanitos

Silvia vivía en una casita enl os linderos del bosque y era una niña muy estudiosa.

Un día que no tenía ganas de preparar los deberes que debía presentar a la mañana siguiente en el colegio, le pidió permiso a su mamá para ir a jugar un ratito por el bosque. Su mamá le dijo:

– Primero debe estudiar y hacer los deberes. Luego podrás salir a jugar.

Silvia se sentó al lado de la ventana, frente al cuaderno abierto, pero se distraía y no podía trabajar.

El día era muy hermoso y estaba muertecita de ganas de corretear por el bosque.

 

Nunca hasta entonces le habían parecido tan aburridas las tareas que le ponía la maestra ni había sentido tanta desgana por hacerlas.

Oyó un ruidito y miró por la ventana.

Al pie de ella estaba Ardillita que la miraba con sus ojillos reidores y, dando saltitos, la invitaba a ir con ella al bosque.

Silvia, que sabía que su mamá no la dejaba ir, dudó un momento, peor luego pensó:

– Bueno, iré un ratito, ¡un ratito nada más! y volveré enseguida.

Salió despacito, con cuidado de que nadie de la casa la viera, y se puso a seguir a Ardillita, que saltaba alrededor de la niña.

Al paso de Silvia por el bosque, sus amigos, los animalitos, salían de sus escondrijos. La niña os conocía a todos y, como eran muy golosos, les llevaba siempre alguna cosita.

Jugaba con ellos al escondite ocultándose detrás de los árboles y, andando de rodillas, intentaba atrapar a los listos conejitos que se reían golpeándose la barriguita al ver sus inútiles esfuerzos.

Pero Silvia no contaba con que el tiempo pasa muy deprisa, y empezó a anochecer y se asustó, dijo a sus amigos, los animalitos:

– ¿Qué haré o ahora? Jugando con vosotros, he olvidado que mamá me había prohibido venir a jugar mientras no terminara los deberes. Mañana debo presentarlos a la maestra y aún no los he empezado.

Y se echó a llorar amargamente.

Los animalitos se pusieron tan tristes al ver llorar a su amiguita, que casi lloraron ellos también.

Luego, de común acuerdo, cada uno de ellos lanzó agudos grititos; era un mensaje que mandaban en una lengua desconocida para Silvia.

Al pronto aparecieron cinco diminutos enanitos. Uno iba vestido de color rojo, otro de azul, otro de verde; el cuarto iba de amarillo y el quinto, que era le más pequeñito de color blanco.

El enanito que iba vestido de blanco se subió en tres saltitos al hombro de Silvia y le sonrió.

– No llores más , Silvia- le dijo con dulce voz-. Como eres una niña buena, te ayudaremos esta vez a hacer los deberes. Pero debes prometernos que no desobedecerás nunca más a tu mamá. Anda, vámonos.

Llegaron a casa de Silvia y fueron a la habitación de Silvia sin que nadie les viera. Entonces,  y le dijeron a Silvia que empezara con los deberes, y ellos empezaron a bailar y recitar una frase mágica:

– Escribe más deprisa, más deprisa, más deprisa…

– Piensa más deprisa, más deprisa, más deprisa…

Y Silvia sin darse casi cuenta, hizo los deberes en un momento , ya que la magia de los enanitos le hacía ir muy rápido…

Silvia les agradeció y beso a cada uno de los enanitos, y les prometió que a partir de aquel día, saldría a jugar al bosque cuando tuviera terminados sus deberes.

Antes de que se fueran, les preguntó, – ¿Cómo os llamáis?- No conozco vuestros nombres.

El más gordito de los enanitos dió un paso al frente:

– Yo me llamo Pulgar

– Y yo Indice- respondió el vestido de azul

– Yo soy Medio- contestó el más alto.

– A mí me llaman Anular- dijo otro.

– Y a mí me llaman Meñique por ser el más pequeñito.

– ¿Cómo es posible? – exclamó Silvia-. ¿Os llamáis como los dedos de la mano?

– ¡Claro!- contestaron-. Somos los enanitos que hacemos trabajar tus dedos para escribir tus deberes. Y ahora, como ya están hechos, nos vamos. Adiós, adióooos.

Moraleja: Antes de acudir a la diversión hay que cumplir con la obligación