Bambi ( versión larga)

El bosque se despierta con los primeros rayos del sol que acaricia las copas de los grandes árboles. Es el amanecer. Pero un amanaccr muy diferente a los demás. Fijaos: las tiernas yemas crujen al brotar de las ramas y. por aqu y por allá, se ven aparecer nuevas hojas que despliegan toda su frescura, todo su verdor… Al borde del sendero, los majuelos, ayer completamente negros, se han cubierto de mil estrellitas blancas: son las primeras flores de la temporada ¡Hoy ha entrado la primavera!

-¡La primavera ha venido y nadie sabe cómo ha sido! -canturrea la gentil ardilla, después de haberse subido a la cima del viejo roble.

Cuento de Bambi

Se estira, se va desperezando lentamente. Su larga cola parece hincharse de placer: tiene ante si toda una jornada de paseos, de juegos y… también de trabajo, pues habrá que ir recogiendo provisiones para cuando llegue el mal tiempo. ¡Hop! De un salto, está en tierra. Un salto tan ligero y silencioso, que su vecino, el Señor Búho, ni siquiera ha abierto un ojo cuando ella ha pasado a su lado, casi rozándolo… El Señor Búho ha estado cazando durante toda la noche y acaba de dormirse.

-¡Buenos días, compadre! -le dice la ardilla a la Señora Ratona.

-¿Sabe usted que ya ha llegado la primavera? -le pregunta ésta, secándose con las patitas su hocico perlado por las primeras gotas del rocio.

-¡Por supuesto, amiga mía! ¡Quó ilusión! Y tras la primavera, llegará el verano. Queda usted invitada, de antemano, a la recogida de frambuesas. ¿Se acuerda de las del año pasado? Mmm! Pero no seamos impacientes. Por el momento, lo mejor que podemos hacer es dar una carrera a lo largo del sendero. ¿Qué le parece?

No han corrido ni diez metros cuando las alcanza el conejo Tambor, muy excitado:

—¡Venid! ¡Rápido! ¡Venid! Los pájaros pasan por encima de ellos a todo vuelo:

-¡Seguidnos! ¡Rápido! ¡Seguidnos!

Los conejillos acuden de todas partes.

-Pero ¿estáis locos? -exclama la ardilla-. ¿Es la primavera la que os ha trastornado? ¿Adonde vais tan deprisa?

-¡Ya ha nacido! ¡Ya ha nacido! -grita Tambor sin dejar de correr.

-¿Quien?

-¡Pues quién va a ser! ¡El cervatillo!

Se llama Bambi.

Volando por entre los árboles, corriendo por la hierba y el musgo, han llegado por fin a su destino… ¡Qué extraordinaria casualidad! ¡Bambi ha nacido justamente el primer dia de la primavera! Todos quieren ver al pequeño principe. Incluso el Señor Búho, al que despertó tan alegre alboroto, si bien es verdad que ha llegado un poco retrasado, pues a la luz del día es algo miope y vuela lentamente. Sofocados y jadeantes, se acercaron hasta el lugar en el que se halla acostada la mamá Cierva.

-¿Dónde está Bambi? ¿Dónde está?

Está allí, acurrucado contra el vientre de su madre. Un cervatillo tan hermoso y a la vez tan frágil, que todos se maravillan y se enternecen.

—¡Bambi es un nombre precioso! -exclama Tambor.

—¿Le gustaría echar una carrera conmigo? —pregunta un conejito.

-Hoy no, pero muy pronto ya será capaz de correr contigo por el bosque -le responde sonriente Mamá Cierva, mientras acaricia a su hijo tratando de despertarlo.

Bambi abre unos ojos tan grandes como asombrados: ¡Cuánta gente desconocida!

-Son todos amigos tuyos -le tranquiliza su mamá-. Ponte de pie para que vean que eres el cervatillo más guapo del bosque. ¡Anda, levántate! La mamá lo empuja suavemente y Bambi se levanta sobre sus cuatro patas, un poco temblorosas. ¡Qué divertido ponerse de pie por primera vez! Da apenas unos pasitos y enseguida vuelve a acostarse al lado do su mamá. Está cansado, quiere dormir más…

—Gracias, amiguitos -los dice Mamá Cierva-. Vuestra visita me ha alegrado muchísimo. Mañana os prestaré a Bambi para jugar. Pero tenéis que prometerme que no lo zarandearéis demasiado… -¡Prometido! —asegura Tambor.

Pero eso será mañana. Por el momento, los grandes y atónitos ojos de Bambi no descubren más que sonrisas llenas de amistad. ¡Luego, cada cual vuelve a sus ocupaciones. La jornada será larga en los nidos y en las madrigueras. Todos desean que se oculte pronto el sol, que salga cuanto antes la luna y que amanezca el nuevo día: entonces, Bambi será ya compañero de sus juegos, capaz de correr por entre los árboles… ¡Cuántas historias que contarle! ¡Cuántas maravillas que mostrarle! Le enseñarán de cabo a rabo el maravilloso reino del bosque.

Mientras el Señor Búho hace mil y un esfuerzos para volver a dormirse. Tambor y su familia de conejitos apenas se han alejado del lugar en el que reposa Bambi y entonan, dulcemente, una canción de cuna para el cervatillo. Mamá Cierva se lo agradece con una mirada emocionada, pero a Bambi. en cambio, le importa un comino, pues se ha quedado plácidamente dormido.

Ya ha amanecido el nuevo día. Bambi se mantiene con firmeza sobre sus finas patas. Va conociendo a todos sus amigos e incluso se deja acariciar por ellos: uno le da una suave patadita, otro le lame con la lengua… Poco a poco, descubre su reino. Charla con todos los que encuentra a su paso; por ejemplo, con la Señora Codorniz, que probablemente le está enseñando a contar presentándole a toda su pollada:

—Uno. dos, tres, cuatro, cinco y seis.

Y Bambi repite:

-Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis.

¿Quieres conocer a mis primos? -le propone luego un ratón campesino.

-¡Me gustaría mucho! -responde Bambi.

Y avanzan unos pasos bajo los árboles.

—¡Ahí los tienes! —anuncia el ratón deteniéndose bajo un viejo olmo.

—¿Dónde? -se extraña el cervatillo- No veo a nadie.

—Mira hacia arriba, Bambi. ¡Mis primos son muy originales!

En efecto, Bambi descubre, colgados de una rama y con la cabeza para abajo, a unos extraños ratones que parecen dormir ocultos en una especie de alas replegadas.

—¡Quó curioso es el bosque! ¡Y es verdad que aún conoce muy pocas cosas!

Pero tiempo al tiempo… A su alrededor, se agitan plumas y pelajes de todos los colores; picos y lenguas rosadas gorjean o entonan canciones a cada cual más bella, le cuentan mil y un secretos… Tambor es uno de los más parlanchines. Se considera, en cierto modo, el maestro de Bambi y por eso trata de darle lecciones:

—Esos que corretean por ahí son los conejos.

—¿Y yo qué? -protesta tímidamente el ratón. —Bueno… los conejos y los ratones —aclara Tambor.

Y continúa:

-Aquellos que excavan largos túneles para pasearse bajo tierra son los topos. Son muy particulares, no les gusta el sol. Reconocerás fácilmente sus casas: son pequeños montoncitos de tierra excavada.

-A mi me gusta más vivir al aire libre -advierte Bambi—. ¡La hierba y el musgo son tan agradables! -¡Y que placer revolcarse por el césped! —añade un lindo gazapo blanco.

—Te enseñaré el nombre de todas las flores -continúa Tambor— ¡Las de la primavera son maravillosas! La pequeña anémona, blanca o rosa, la hierba doncella violeta, las campanillas de los jacintos salvajes… ¡Es como si paseases por un gran jardín!

-¡Y pronto brotarán otras campanillas! —murmura el ratón— Completamente blancas que perfuman el bosque entero. Se llaman muguetes y son como los lirios de los valles. Dicen que otorgan la felicidad. La verdad es que yo no conozco flores más bellas. -¡Qué suerte haber nacido aquí! -piensa Bambi—. ¡Unos amigos tan buenos y tantas cosas que descubrir! Pero… ¡mira! ¿Qué flor es ésa. Tambor?

El mundo es hermoso.

¡El mundo es bueno!

Bambi es muy feliz.

Bambi contempla asombrado dos pétalos que se agitan y parecen haber florecido justamente en la punta de su rabo. Todos estallan de risa:

Bambi y la mariposa

—¡Eso no es una flor! -explica el maestro Tambor-, O bueno… si lo prefieres de otro modo, digamos que es una flor que vuela. Se llama mariposa. —¡Oh! —exclama Bambi entusiasmado—. ¡Una for que vuela!

Bambi es un buen alumno. Retiene fácilmente las lecciones de Tambor y ya comienza a conocer el bosque en el que vive. No obstante, aún le aguardan algunas sorpresas.

Aquella mañana, pastaba en solitario a través de la hierba florecida cuando, de repente, surgió un desconocido ante sus narices. «Esto no es un ratón, ni una liebre, ni una ardilla. ¿Qué será?» -se preguntaba Bambi a si mismo.

-¡Buenos dias! -le saludó amablemente—. Yo soy Bambi, el hijo de la Señora Cierva. ¿Y usted quién es? ¿Cómo se llama?

-Yo soy una mofeta. ¡Fíjate qué bonito es mi vestido negro con sus bandas blancas!

-¡Es usted muy bella! —reconoció Bambi, a pesar de que le parecía un tanto vanidosa.

Pero no siempre lucía el sol en el bosque. Aquella mañana, cuando Bambi abrió un ojo y asomó una pata fuera de su cama, la retiró inmediatamente y se acurrucó al lado de su mamá:

—¡El bosque llora! -exclamó-. ¡Se está inundando de lágrimas! ¿Qué le duele?

Entonces su mamá le explicó que… ¡simplemente estaba lloviendo! Allá arriba, en el ciclo gris, unas gordas nubes han reventado y dejan caer agua, mucha agua sobre la tierra.

-¡Qué fastidio! -protesta Bambi—. ¡No podré salir a dar un paseo!

-Pero toda esta agua es muy útil —continúa su mamá—. Gracias a ella, reverdecen las hojas, brotan nuevas llores y podremos beber agua fresca en los arroyos.

Bambi aguarda, prudentemente, a que acabe el chaparrón. Después de todo, no se está tan mal recostado contra el vientre de su madre.

Pero no es el único que se extraña de la lluvia. En un nido vecino, unos pajarillos han nacido hace apenas unos días. Aún no saben volar y permanecen acurrucados los unos contra los otros. ¡Pobrecitos! Están completamente desnudos, sin plumas que los protejan de la lluvia. El agua cae implacable y fría. Afortunadamente, ya llega su mamá con la comida en el pico. La reparte entre todos y luego se convierte en una mamá-paraguas, desplegando sus alas sobre el nido. ¡Qué bien ahora! Se sienten tan calentitos bajo las plumas maternas, que los pajarillos se quedan rápidamente dormidos.

La tormenta ya ha pasado. Ciertamente ha lavado el bosque, que ahora está verde y radiante de belleza. Pronto llegará el verano.

—¡Una estación que promete ser muy placentera! -explica la madre a Bambi, que corretea por el bosque alocadamente.

Esta mañana. Tambor ha venido a buscar a Bambi: —Voy a enseñarte -le dice- un sitio que descubrí ayer. Está justamente a la salida del bosque.

-Mi madre no quiere que me aleje demasiado -responde el prudente Bambi-. Dice que puede ser peligroso para un cervatillo como yo.

-¡Sólo será un momento! Ven conmigo -le suplicaba Tambor-. Te aseguro que es un rincón maravilloso, lleno de exquisitos manjares…

¿Exquisitos manjares? Bambi es obediente, pero también un poco goloso (algo que probablemente pueden permitirse los cervatillos, ¿o no?). ¡Quién dijo miedo! No se resiste a la tentación y sigue a Tambor en su veloz carrera… De repente, se acaba el bosque. ¡Ya no hay árboles! El cervatillo abre unos ojos enormes: ¡se pierde la vista con tanta hierba! Es como un inmenso tapiz verde salpicado de flores rosas ¡Qué maravilla!

—¡He aquí la pradera! —anuncia orgullosamente Tambor— ¡Vamos a ponernos las botas! Haz como yo. No tengas miedo…

Y Tambor comienza a mordisquear alegremente las llores que apuntan con sus cabecitas rosas.

-¡Esto sabe mejor que las hojas! -exclama con la boca llena—. Se llama trébol. Tras un festín como éste, seré el conejo más gordo del bosque. Come, Bambi. come para hacerte tú también muy grande.

—Tengo sed -lo dice el cervatillo a Tambor, que no deja de comer.

—Hay una charca muy cerca de aquí -le responde el conejo con la boca llena—. Vamos a beber.

La charca está escondida entre altas hierbas y Bambi se acerca a ella con ciertas precauciones. Pero… ¿qué es lo que acaba de saltar entre sus patas? Una cosa verde que brinca y rebrinca como un resorte. Bambi se ha asustado.

—Es nuestra amiga la rana —le tranquiliza Tambor, que decididamente lo sabe todo-. Vive al borde de la charca y la hemos molestado…

—¡Perdón, señorita! -se excusa Bambi—. ¿Me permite usted beber un poco de agua en su charca? La rana accede. Nadie le ha hablado jamás tan cortesmente. Bambi se acerca al agua, pero al primer sorbo se detiene estupefacto: allí, bajo sus propios ojos, ve un cervatillo, un cervatillo que se le parece como un hermano gemelo. ¡Es exactamente igual!

—Veo doble -le dice a Tambor.

—Todos vemos nuestra propia imagen reflejada en el agua -le explica el conejo sabio.

Decididamente, este Tambor lo sabe todo; se puede confiar en él. V así, seguro de si mismo y de su propia imagen. Bambi sacia su sed.

—¡Vaya aventura! Mamá le reñirá, sin duda, por haberse ido tan lejos, pero le contará todo lo que ha visto: las praderas, el delicioso trébol, las ranas saltarinas, la charca en la que se refleja la propia imagen… Pero ya es hora de regresar.

Bambi y Falina

Seca su fino hocico con una de sus patas delanteras y. justamente cuando se da la vuelta para emprender el camino de regreso, ¡qué sorpresa! Esta vez ya no se trata del reflejo de su imagen. Apenas a tres pasos de él. se ha detenido una pequeña cervatilla, aproximadamente de su edad. Bambi no se atreve a hablar el primero; lo hace la ccrvatilla. menos tímida sin duda; -¡Buenos dias. Bambi! -le saluda con algo de sorna-. ¿Te doy miedo? -¿Me conoce usted? -se extraña el cervatillo. -Puedes tutearme. Yo soy tu prima y me llamo Falina -le explica-.

A Bambi le ha alegrado encontrarse con alguien de su familia.

-¡Anda, corre detrás de mí a ver si me alcanzas! -le dice la traviesa Falina, saliendo disparada.

Bambi la sigue a toda carrera, pero es más torpe que su prima: aún no conoce todas las trampas de los pantanos y las charcas. ¡Plaf, se hunde en el fango y qué trabajo le cuesta sacar de allí sus patas. Falina se ríe con todas sus ganas:

—Sal de ahí rápidamente, pazguato. Y mira quienes vienen por allí…

Bambi logra salir a duras penas del lodazal. Acaba de ver a su mama y a otra señora cierva que debe ser la madre de Falina. Andan buscando, sin duda, a sus desobedientes hijos.

Bambi espera ser regañado severamente por su madre. Pero ésta parece feliz, y sobre lodo al hacer las presentaciones:

—Bambi. éstas son tu tía lina y tu prima Falina. que viven al otro lado del bosque.

-Creo que nuestros hijos ya se han presentado… —advierte la madre de Falina—. Tu hijo es realmente muy guapo.

Falina le guiña un ojo a Bambi, como diciéndole: «No ha visto tus patas llenas de lodo».

En sus nuevas escapadas por el bosque, Bambi descubre los lugares más recónditos. Charla con todos los que encuentra a su paso: con la comadreja, la liebre, toda una campeona en las competiciones de carrera, e incluso con el arrendajo, un pájaro que tiene muy mala fama, pues se dice que saquea los nidos cuando sus propietarios están ausentes. Ya nada asusta a Bambi. Ha crecido mucho y Falina no ha vuelto a burlarse de él. Todo lo contrario, se ha convertido en su mejor amiga. Pasan tanto tiempo juntos, que Tambor ha llegado a tener celos:

-Tu prima es una cursi y una antipática. Nunca quiere jugar conmigo -se queja el pobre conejo. Bambi no consiente que critiquen a Falina.

-Come menos trébol -le responde— . Estás demasiado gordo. Jugarás con nosotros cuando corras tan deprisa como Falina.

¡Cómo cambian los tiempos! Ahora es Bambi el que da lecciones y Tambor el que obedece…

—Lo intentaré -promete el conejo.

Y continúan las locas carreras, las arriesgadas aventuras por el bosque. Bambi es cada vez más valiente y más audaz. Ahora es él quien lleva la iniciativa y Falina la que lo sigue sumisa…

-El bosque es nuestro reino y tú eres la más bella princesa -le dice Bambi, muy galante.

A Falina le gustan los piropos, sobre todo cuando provienen de Bambi. En estos casos, suele ruborizarse un poco, y eso la hace más bonita aún. Pero hoy Bambi y Falina han salido de paseo acompañados por sus respectivas madres. ¿Qué sucede? Vedlos en el claro del bosque, donde un grupo de ciervos y de corzos parece haberse dado cita. Es como si lodos estuviesen esperando a alguien. Bambi interroga a su madre con la mirada…

—Llegará de un momento a otro -asegura, sin poder disimular su emoción.

-¿Quién? -pregunta tímidamente Bambi. extrañado de tanto misterio.

—¡El Rey del Bosque! -le dice la tía Ena sonriente-, y tú debes sentirle orgulloso y más feliz que todos los demás.

-¿Por qué? -sigue preguntando Bambi, que no comprende nada.

—Porque el Rey del Bosque es tu padre -le responde su mamá bajando, un poco turbada, los ojos.

Bambi siente entonces que el corazón le golpea más fuerte que nunca en su pecho y acecha fijamente cada rincón del bosque en el que las ramas parecen moverse. ¡Ahí está! ¡Bambi nunca había soñado con un padre semejante! Ahora comprende por qué todos le llaman «el pequeño príncipe». ¡Su padre es el rey!

Bambi se acerca con tanta timidez como respeto. Admira la cornamenta que corona la cabeza del gran ciervo. El rey tiene un aspecto majestuoso, pero también una mirada llena de ternura para Bambi.

-Eres digno de ser mi hijo —le dice-. Continúa creciendo en fuerza, valentía y prudencia. Yo no seré siempre el rey de este bosque. Ya voy envejeciendo. Un día, tú ocuparás mi puesto…

Bambi no puede creer lo que está oyendo. ¡Qué pequeño se siente ante un padre tan impresionante! No obstante, promete ser valiente y sensato. Luego, tras decir adiós respetuosamente al Rey del Bosque que se aleja, todos los ciervos y corzos se dispersan. ¡Qué encuentro tan inolvidable! Bambi se acordará siempre de su padre y de la promesa que acaba de hacerle.

La vida continúa alegre y feliz, bajo la mirada siempre vigilante de mamá Cierva. Pero una mañana, no es el sol el que despierta a Bambi acariciándole el hocico. Es un ruido terrible que se repite insistentemente. Por todo el bosque resuenan tiros…

-¡La caza! ¡Ha comenzado la caza! —gritan los corzos aterrorizados.

Su mamá arrastra a Bambi a toda prisa. Ella ya le había advertido de este peligro: cuando llega el otoño, los hombres invaden el bosque; portan en su manos fusiles que arrojan un plomo mortal y. cuando cesan los tiros, muchos animales del bosque han desaparecido para siempre… ¡Sobre todo los conejos! Bambi huye a toda velocidad. Piensa en Falina. en Tambor… ¡Ojalá estén a salvo todos sus amigos!

Los tiros parecen sonar cada vez más cerca. Bambi tiene miedo, pero un miedo que le da alas: salta y corre a una velocidad de vértigo. Pero ¿porqué serán los hombres tan malvados? ¡Los animales no les han hecho nada!

-¡Más rápido! -grita su mamá.

Bambi lo intenta, pero no puede: sus patas han llegado al límite de sus fuerzas.

Su padre el rey del bosque ha ido para ayudar a su madre y a Bambi a llegar hasta un lugar seguro.

Los tiros se van haciendo cada vez más lejanos y los tres llegan por fin a un claro del bosque tranquilo.

—Descansa, hijo -le dice el gran ciervo a Bambi—. ¡Estás a salvo!

Bambi mira con agradecimiento y respeto a este padre magnifico. Y el Rey del Bosque se aleja, siempre majestuoso, para ir a ver lo que ocurre, una vez pasado el peligro, en el resto de su vasto dominio.

La vida continúa. Bambi ha aprendido a desconfiar de las trampas de los hombres. Pero esta mañana, al despertarse, ¡que sorpresa! ¿estará soñando? ¿Es su bosque o se lo han cambiado? Ya no hay hierba, ni musgo, y los grandes árboles se han disfrazado… Todo es blanco, de un blanco deslumbrante bajo el suave sol que parece derretir las ramas. Bambi adelanta una pata, luego otra, y se hunden en un extraño polvo blanco. Está frió, pero no es desagradable.

—Ya es invierno y ha estado nevando durante toda la noche -le explica su mamá- Puedes correr sobre la nieve, si quieres, pero no te alejes mucho.

Bambi en la nieve

Y Bambi da un paseo muy divertido, pues cada uno de sus pasos va dejando una huella en la nieve que le hiela las patas.

Se encuentra luego con Tambor, que insiste en ir a dar una vuelta hasta la charca. Ésta brilla como un espejo, y Bambi se lanza hacia ella como un loco. ¡Cataplum! Sus pezuñas derrapan sobre el hielo y… ¡vedlo dando el primer resbalón de su vida! El malicioso Tambor se desternilla de risa. Bambi, humillado, se esfuerza por ponerse en pie. ¡Qué ejercicio tan extraño y tan difícil! Resbala de nuevo y sus patas se le van para cualquier lado. Tambor sigue riéndose a carcajadas y Bambi pone todo su amor propio para salir de tan enojosa situación. Midiendo bien cada movimiento, logra al fin ponerse en pie y salir de la charca. ¡Primera y última vez!

-¡No te enfades, Bambi! Sólo era para reírnos un poco -se excusa apesadumbrado—, es necesario que vayas conociendo las trampas del invierno. Bambi, entonces, se echa a reír también y los dos amigos emprenden juntos el camino de regreso. de pronto, Bambi se para en seco, ha oido un leve ronquido que sale de un montón de hojas secas. Escarba con una de su patas y descubre a su amiga la mofeta plácidamente dormida. Se dispone a zarandearla para que despierte, cuando Tambor lo detiene.

-¡Debe dormir durante todo el invierno! -explica el conejo-. Es la costumbre de las mofetas y también de las marmotas. ¡Chist! ¡Ni una palabra!

Y se alejan de puntillas.

¡Que curiosa estación, el invierno! Todo tan bello pero tan complicado. Unos, los que tienen más suerte, como la mofeta o la marmota, estarán durmiendo hasta que llegue la primavera. Otros, en cambio, tienen que salvar la gran dificultad de encontrar alimento, tan escaso en esta época.

Bambi aprende a raspar la nieve para descubrir un poco de hierba, o a conformarse con el liquen que recubre el tronco de los viejos árboles..

La ardilla le ha dicho, muy ufana, que a ella no le preocupa en absoluto la nieve, que ha hecho provisión de avellanas y granos para cuando llegara el mal tiempo. ¡Pero de lo que la ardilla no presume es de que ya no recuerda dónde escondió su tesoro! ¡Qué cabeza la suya!

Y ahora, a buscar como los demás, de aquÍ para allá, algo que llevarse a la boca…

Los dias de invierno son más cortos y a Bambi no le gusta, una vez que ha oscurecido, encontrarse solo en este mundo helado. Por eso. al caer la noche, corre en busca de la cálida presencia de la madre.

Un día. sin embargo, Bambi se confundió de camino. Había oido tiros en el bosque y corrió a la desesperada, sin saber adonde iba. La nieve caía en grandes copos y Bambi estaba con mucho frío. -¡Mamá, mamá! —llamaba angustiosamente.

Él. que se creía ya mayor, se sentía ahora como un niño perdido y desdichado. ¿Cómo encontrar el escondite familiar?

Pero ya silbemos que hay alguien en el bosque que está vigilando siempre a Bambi. En un recodo del camino, se topa con la imponente silueta de su padre. El gran ciervo tiene un aspecto muy grave. -Hijo mió, ha llegado la hora de demostrar tu valentía y tu entereza. No llames más a tu madre.

Ella ha caído en manos de los cazadores. Ya no la verás más. De ahora en adelante, tienes que valerte por ti solo, has de ser grande de verdad.

La tristeza de Bambi es tan profunda como indescriptible. No obstante, retiene valientemente sus lágrimas. Decide hacer honor a su padre y. con el corazón encogido por la pena, toma el camino que conduce hasta la casa de tía Ena y de Falina.

Todos, en el bosque, han adoptado a Bambi como un hijo o como un hermano más. Se siente querido por todos y. aunque prefiere la compañía de Falina, acepta pastar con cualquiera de sus amigos. La muerte de su madre ha sido una gran desgracia, pero a el le parece que aún corretea a su lado repitiéndole en voz baja: «Sé valiente, hijo mió». De vez en cuando, juega con Tambor y ayuda mucho a tía Lina. En lo alto de su cabeza le han salido ya dos pequeñas protuberancias -algo así como dos chinchones— y su cuello se va cubriendo de largos pelos.

—¡Ya eres un joven ciervo! -explica tia Ena.

Y por el bosque todos van repitiendo:.

-¿Sabéis? Bambi, el hijo de Mamá Cierva, es un príncipe muy valiente. Es un digno heredero del Rey del Bosque.

Pero tía Ena se guarda bien de repetir estas palabras a Bambi: aunque también está orgullosisima de su sobrino, no quiere que éste se vuelva vanidoso.

Y mientras la pena se entibia paulatinamente en el corazón de Bambi. el invierno va llegando a su fin. La bella nieve blanca es cada vez menos sólida, menos espesa. Y de pronto, una hermosa mañana, desaparece completamente. El ciclo aún sigue siendo gris, pero algo está cambiando: el bosque dormido despierta.

Quien más. quien menos, asoma su nariz al exterior. La ardilla anuncia triunfálmente:

-¡El invierno ha acabado, amigos míos!

-¡Pero los árboles aún están muertos!

—protesta Bambi.

-¡Tranquilo, tranquilo! Pronto resucitarán con todo su verdor -le aclara la ardilla.

—¡Hit, hu. luí! ¡Un. luí. Iiu!

¡Qué sucede? ¿Que lamento es ese que sale del viejo roble en el que se alberga el Señor Buho? A estas horas, debería estar durmiendo. Y en cambio, ya lo veis, con sus alas desplegadas, excitadisimo y poniendo en sobresalto a todo el bosque. —¡Él, que es tan apacible! -dice el ratón. -Debe de estar enfermo -sugiere Tambor.

—Habrá que llamar a la señora Lechuza -propone la ardilla-. Dicen que es capaz de curar todos los males…

El búho no está sordo. Ha oido sus cotilleos y exclama encolerizado:

—¿Sabéis lo que tengo? Sueño, mucho sueño; eso es lo que tengo. Desde hace unos días, no puedo ni pegar ojo. Hacéis tanto ruido que parece que un viento de locura os ha trastornado la cabeza.

Tambor estalla de risa:

—Aquí nadie está loco. Señor Búho. ¿No sabe usted que «la primavera la sangre altera»? Y que no se trata de una enfermedad, sino de una gran felicidad. ¡Duerma usted tranquilo! Ya trataremos de hacer menos ruido.

Hoy Bambi ha salido solo de paseo. Desde hace algún tiempo, aprovecha sus paseos en solitario para meditar y recordar a Mamá Cierva, a su padre, el Rey del Bosque, y aquellos dias felices en que apenas era un bebé cervatillo… Ahora es diferente. Ya es casi un adulto y le parece que. muy pronto, algo va a cambiar en su vida. Quizá por eso, últimamente se le ve más triste y melancólico. —¡Cu-cu! ¡Soy yo!

Falina le hace una suave caricia con la lengua, y Bambi se siente muy feliz. De repente, la tristeza que ahogaba su corazón parece haber desaparecido. ¡Falina! ¡Si supiera cuánto la quiere! —¿Qué tal. Bambi? -le pregunta ella con su sonrisa más seductora. —Bueno… a veces siento algo asi como un vértigo, no sé qué será.

-¡Eso es el mal de la primavera! -le asegura Falina sonriendo.

Saltan, brincan, corren con el corazón pletórico de alegría. Pero no es una carrera como las demás. Falina se hace la coqueta: a veces se adelanta y se detiene bruscamente, como esperando a Bambi. le mira con sus grandes ojos de cierva joven, en los que brilla un poco de malicia, y, cuando Bambi se acerca para acariciarla, ella escapa riendo.

Bambi se aficiona tanto a estos juegos, que prácticamente todo lo demás le es indiferente: los pajarillos que han nacido en el bosque, las bromas de Tambor, las historias de la ardilla…

Ya sólo cuenta Falina, que de vez en cuando vuelve hacia atrás temiendo que Bambi se desanime con este largo «juego de persecución». No. Bambi no está desanimado, ni cansado. De repente ha comprendido que no puede vivir sin Falina. Ya nunca se separará de ella. El «mal de la primavera» es, sencillamente, AMOR… ¡Y Bambi ama a Falina! Quiere declararse cuanto antes. Se lanza, la atrapa y la obliga a sentarse en la hierba, cerca de Falina. muy sofocada, baja los ojos: la muy pilla, ha adivinado lo que Bambi va a decirle (las jovencitas siempre adivinan estas cosas). Y aguarda casi sin poder contener los latidos de su corazón.

—Falina —le pregunta Bambi con voz firme—, ¿quieres ser mi mujer? Prometo amarte y protegerte siempre.

-iA lo mejor mi madre no quiere! -responde ella, sólo por hacerle rabiar un poco.

-Pero ¿tú me quieres? -insiste Bambi, algo preocupado.

Sin responder. Falina le tiende una pata y deja que Bambi acerque el hocico al suyo para darle un beso. Asi es como en el claro del bosque acaba de nacer una gran felicidad. Se llama Falina-Bambi.

A Falina ya se le ha pasado el sofoco y quiere seguir jugando y saltando bajo los árboles. Bambi, muy emocionado por lo que acaba de ocurrir, se lanza tras ella unos segundos más tarde. Falina se ha alejado algunos metros y, cuando ya está a punto de alcanzarla, surge entre ambos repentinamente otro joven ciervo. Le corta el paso con un gesto amenazador y apunta su cornamenta contra Bambi, que no comprende tal hostilidad. —Yo no quiero batirme -le dice-. Corro, simplemente, para alcanzar a Falina. —Precisamente por eso es por lo que yo quiero batirme contigo -insiste el otro, mirándole de muy mala manera.

-¿Y por qué? -pregunta ingenuamente Bambi. -Pues porque yo también he decidido casarme con Falina. ¡Asi que, déjala en paz y lárgate a otra parte!

Bambi detesta la violencia. Parece que este joven ciervo no es tonto y probablemente, explicándole bien las cosas, acabará comprendiendo que Falina no puede ser su esposa, que es a el a quien ama. -Falina es mi prima —comienza, tratando de persuadirlo— y yo he sido criado en su compañía desde que murió mi madre. Hemos jugado y corrido juntos desde que éramos unos niños…

-iA mi eso me trae sin cuidado! -responde su adversario-. Yo no busco una prima, sino una compañera para el resto de mis dias, que me dé numerosos cervatillos. Quiero fundar una familia. Y lo haré con Falina, ¡Asi lo he decidido yo!

Este joven ciervo es un caradura. El pacífico Bambi siente arder de pronto sus orejas, c incluso se diría que salen chispas de sus ojos. Con voz firme. replica: —Falina no te ha elegido a ti. A quien ama es a mi. Si es necesario, me batiré por ella. Pero sé razonable: ¡hay tantas ciervas jóvenes en el bosque! Seguro que encontrarás a otra tan bonita y tan dulce como Falina.

No se puede hablar mejor y con más cortesía. Pero, lejos de calmarlo, estas palabras enfurecen a su adversario:

-¡Lo que pasa en que eres un cobarde y no te atreves a luchar conmigo! -dice con desprecio. —Bambi —grita Falina con voz lejana.

Esto ya es demasiado para Bambi. Falina con su llamada, acaba de recordarle que le está esperando. En cuanto a este insolente, ¡se va a enterar de quién es el hijo del gran ciervo real! Calcula su impulso, apoya firmemente sus patas, baja la cabeza y desafia abiertamente a su rival. Durante unos instantes, sus miradas se cruzan como espadas, y luego se lanzan el uno contra el otro con un furor terrorífico.

Pero su rival tampoco es un cobarde. Se lanza a la batalla con una rabia tremenda. Las testuces chocan violentamente y los combatientes retroceden para tomar aún mayor impulso.

Las cornamentas se entrecruzan, se enmarañan, y ambos consiguen desenredarse… y atacar de nuevo.

Falina ha vuelto sobre sus pasos y grita:

—¡Ánimo. Bambi, vencerás! ¡Eres el más fuerte! ¡Bambi, piensa en mí!

En ella, y sólo en ella, está pensando. Y esto le da nuevas fuerzas justamente en el momento en que está a punto de desfallecer. Las narices humean, los cuernos crujen. Es. realmente, un combate espectacular. Bambi ha llevado a su adversario hasta el borde de una escarpada roca. ¡Ahora o nunca! De un violento testarazo, lo lanza rodando precipicio abajo. Batalla concluida.

Bambi se yergue orgullosamentc sobre la roca. Ya no hay nada que temer. Su rival acepta la ley del más fuerte. Decepcionado, se aleja de allí y decide no pensar ya más en Falina. Bambi tiene razón: hay otras muchas ciervas jóvenes entre las que encontrar una compañera.

La madre, por supuesto, ha dicho si al matrimonio de su hija. Falina y Bambi ya son de por vida el uno para el otro, han elegido su domicilio en un hueco de la espesura, muy cerca de donde vive tia Ena. Forman un nueva familia. ¡Qué felices son! Esta mañana. Bambi sale a buscar alimentos, cuando advierte ante él la imponente silueta de su padre.

-¡Hola, hijo! -dice el viejo ciervo—. Vengo a prevenirte de un grave peligro: los hombres están subiendo hacia el bosque. Me visto lodo un ejército armado con escopetas. Vienen por este lado. Ponte en guardia y protege a Falina. Adiós.

Y el gran ciervo se aleja.

La noticia se ha extendido como un reguero de pólvora y ha puesto alerta a todo el bosque. Tambor, que tiene una familia muy numerosa, reúne a todos sus gazapos:

—¡Rápido, a la madriguera! ¡Y no asoméis el hocico por nada del mundo!

La ardilla, que acaba de encontrar un árbol repleto de «golosinas» (unos granos suculentos que crujen entre los dientes), debe renunciar a su recolección. Con su penacho hichado de cólera, corre, vuela hacia lo más alto de una rama, donde es muy difícil que la encuentren.

EL gran ciervo no se ha equivocado. Ya se oyen los tiros, primero lejanos, viniendo de las praderas, y luego más próximos. Falina en esos momentos está sola. Bambi le ha dicho al partir:

-Es absolutamente necesario que salga a buscar un poco de comida. Pero no tengas miedo, oigo de lejos al cazador y no iré en su dirección.

Bambi perseguido por cazadores

Pero esta mañana no hay un único cazador en el bosque. Hay diez, cincuenta, cien. Al menos eso es lo que dicen las escopetas, que disparan en todas direcciones. ¿Harán blanco cada vez que las oye? Falina. con el corazón en un puño, se imagina a Tambor tendido y ensangrentado sobre la verde hierba; ve codornices y perdices alineadas en filas inmóviles. Los ladridos de los perros son cada vez más furiosos. ¿Detrás de quién estarán corriendo ahora? Falina ya no agunta más… Quiere reunirse con Bambi, asegurarse de que está vivo. Si la jauría ha encontrado su rastro, ella quiere estar a su lado para la lucha final.

¿Dónde estará Bambi? De repente, recuerda que un dia Bambi le mostró unas grandes rocas, muy difíciles de escalar, y que le había dicho:

-Si algún día nos viésemos en un gran peligro, podríamos refugiarnos aquí mejor que en ningún otro sitio. Los perros tendrán muchas dificultades para encontrarnos.

Y allí estará Bambi ahora, sin duda. Falina no corre, vuela en su busca. Bambi la ve llegar y grita: —¡Rápido, Falina, salta!

Se aferra a la roca, da un gran impulso y… ¡hop! Ya está, por fin, al lado de Bambi, que le seca amorosamente con la lengua el sudor que empapa su hermoso pelaje.

Abajo, los perros forman un circo infernal. Ladran más furiosos que nunca.

Un perro, más astuto que sus compañeros, ha dado varias vueltas alrededor de las rocas y ha encontrado al fin un pasadizo. Avisa a los demás y se lanzan en tropel. Van derechos hacia Falina, que huye gritando:

—¡Socorro. Bambi, socorro!

Hila se ha alejado, y entonces los perros se vuelven hacia Bambi.

¡La mejor presa! ¡El mejor botin! ¡un ciervo de sangre real! el corre como un rayo, con la energía que da la desesperación. Los ladridos de los perros, tan cercanos. le enloquecen. Pero repite en su interior consejo de Mamá Cierva y de su padre: «Hay que ser valiente, muy valiente».

Piensa en Falina con todas sus fuerzas, con todo su amor. Se niega a admitir que la vaya a perder siempre. Aun si hiciera falta un milagro, este milagro se produciría, está seguro. ¿Acaso ya lo anuncia aquel incendio que flamea allá abajo, entre los troncos de los grandes pinos? Bambi corre y corre hasta perder casi el aliento; lo perros, en cambio, parecen titubear.

-¿Dónde está Falina? -pregunta el anciano. -Logró escapar de los perros y la estoy buscando -responde Bambi.

-¡Hay que encontrarla inmediatamente! Pero ¿qué tienes, hijo mío?

Bambi arrastra una de sus patas traseras. En su veloz carrera, acosado por el miedo, ni siquiera se ha dado cuenta de que un perro le ha mordido. Pero ahora la sangre se desliza como un hilillo rojo a lo largo de la pata y Bambi cojea.

Piensa entonces en los sufrimientos de Mamá Cierva, que debieron de ser, por supuesto, mucho más terribles cuando la abatieron los cazadores. Se acuerda también de tantos compañeros de juego que no lograron sobrevivir a las cacerías de la última temporada. El desaliento embarga su corazón. ¿Por qué es tan difícil vivir en paz? Pero la voz grave de su padre le saca de sus sueños:

—¡Vamos, hijo! Hay que seguir como sea!

Bambi se levanta, un poco avergonzado por este momento de debilidad: siendo el hijo del Rey del Bosque, ¿puede comportarse como un temeroso cervatillo? ¡Jamás!

—Ha que encontrar a Falina -repite el Rey.

Y se lanzan abiertamente al peligro, pues éste aún no ha desaparecido: por un lado, las llamas aún crepitan, y, por el otro, vuelven a oírse los ladridos de los perros. ¿Estarán persiguiendo a Falina? Correrá loca de terror y al limite de sus fuerzas… —¡El rio! ¡Hay que pasarlo como sea! -le grita su padre—. Al otro lado estaremos a salvo. Y a lo mejor Falina ha buscado allí refugio.

Al llegar a la orilla. Bambi. cuya garganta es un puro fuego, quisiera beber y beber hasta aplacar su inmensa sed. pero su padre le da prisa:

-Ya beberás luego, Bambi. ¡No te detengas! ¡Hay que ganar la otra orilla! ¡Animo, hijo mío. adelante!

Ni el propio Bambi sabe cómo ha logrado recorrer los últimos metros. Cae extenuado en la hierba. Pero… ¿que es lo que ven sus ojos? Falina está allí, ante el. sana y salva.

Bambi se levanta y ambos se dedican interminables caricias. Ya sin miedo, esperarán a que se extinga el fuego y a que marchen los cazadores. ¡Qué felicidad estar juntos de nuevo!

Cuando por fin llegan al rincón que les servia de morada, ¡que desolación! Los árboles, antes tan bellos, ya no tienen hojas ni ramas. Sólo se ven troncos ennegrecidos y la hierba ha desaparacido.

Tendrán que buscar un nuevo refugio. Falina acaricia a Bambi como diciendole: «tranquilo; estamos vivos y eso es lo que importa».

Parten luego en busca de sus amigos. ¿Qué será de la ardilla, de Tambor y su numerosa familia, de lodos los pájaros que anidaban en los árboles quemados? El Señor Búho, tan miope el pobre,

¿habrá podido escapar?

Al caer la tarde, ya se sienten algo más tranquilos: cada cual se ha defendido a su manera y hay pocos desaparecidos. ¡Menos mal! ¡Pero cómo pasa el tiempo! Ya es primavera de nuevo, y todo cambia en el bosque. Los pájaros no pueden ocultar su alegría. El sol calienta los nidos con las crías, aún sin plumas pero muy impetuosas, tienden sus picos hacia el alimento que los padres les van trayendo por turno.

La Señora Topo y sus hijitos asoman la nariz al sol a pesar de que la intensidad de la luz les hace entrecerrar los ojos.

-La primavera hace la tierra buena y perfumada -explica a su prole—. Volvamos, adentro. Saldremos cuando el sol se haya puesto.

También la ardilla ha recobrado la alegría de vivir, de estirarse perezosamente al sol. Sin duda, es la pelirroja más guapa del bosque, y su cola en forma de penacho causa la admiración de sus amigos.

-La ocasión lo merece, puedes hacer las más bellas acrobacias -le dice Tambor-. ¿Conoces la noticia?

-¿Ya están granadas las avellanas? -le pregunta la muy golosa—. ¡Pero si aún no es la época!

-Sólo piensas en comer -le reprocha severamente Tambor-.

Bambi y Falina con sus hijos

Es algo mucho más importante que eso: Bambi y Falina han tenido un hijo esta noche… Todos nuestros amigos ya se han puesto en camino para ir a conocerlo.

No hay otro como Tambor para propagar las noticias. Diríamos que es algo asi como «el pregonero oficial del bosque». Seguido de su numerosa familia, cumple perfectamente esta misión:

—¡eh. eh! ¡Venid todos, amigos! ¡Hay noticias! ¡Seguidme!

Si Tambor lo dice, es verdad. Siempre está muy bien informado. Y todos se ponen en camino. Incluso la Señora Topo se arriesga a coger una pequeña insolación: ¡es tan curiosa!

Como de costumbre, el Señor Búho dormita en el hueco de su árbol.

—¡Eh! ¡Oiga! ¡Despierte! -le grita Tambor sin ninguna consideración.

—¡Otra vez tú! ¡Eres un caradura! —refunfuña el búho.

—¡Le traigo una gran noticia! ¡Bambi es papá! Como movido por un resorte, el Señor Búho abre sus ojos completamente:

—¡Bambi! ¡Falina! ¡No es posible! Ahora mismo voy.

Y vuela pesadamente siguiendo a la familia de conejos.

Unos con sus ágiles patas, otros con sus alas temblorosas, todos caminan en una misma dirección: hacia aquel rincón secreto del bosque en el que esta noche se ha producido tan gran milagro…

Se acercan. Los pájaros más parlanchines cierran el pico, los conejos ni se atreven a abrir la boca, incluso Tambor ha perdido el hilo del discurso que tan concienzudamente había preparado. Y es que el está allí. El nuevo Príncipe del Bosque. La maravilla de las maravillas.

Se hace un gran silencio. Todos contemplan a Falina, siempre tan joven y tan bella, tan atractiva con su brillante pelaje. Con sus finas patas, hace una cuna en la que duerme una cosita… ¿Una? ¡Que va!

-¡Dos! ¡Son dos cervatillos! —grita Tambor.

—¡Dos bebés! ¡Dos principitos! -repiten a coro sus gazapos.

-¡Mi más sincera enhorabuena, señora Falina! -le dice el Señor Búho, inclinándose todo lo que puede.

Los pájaros gorjean a cada cual mejor:

-¡Son dos. dos. dos! -grita el arrendajo. -¡Dos. dos. dos! -repite la codorniz con su voz aflautada.

—Ahora hay que dejar dormir a mis hijos -dice dulcemente Falina—. Están un poco cansados. Ya volveréis mañana. Gracias, muchas gracias a todos por haber venido.

-Os agradecemos infinitivamente vuestras atenciones y vuestra amistad —añade Bambi.

-Yo, si queréis, podría quedarme un poco más -dice Tambor-. Sé una preciosa canción de cuna para dormir a los cervatillos…

-No es necesario -responde Falina—. Mira, ya están durmiendo como marmotas.

Tambor se siente un poco decepcionado. La familia de Bambi y Falina es, en cierto modo, la suya, y esperaba que le permitieran quedarse al lado de los recién nacidos. Se aleja con los demás de mala gana y refunfuñando.

Falina y Bambi se alegran de estar solos para contemplar su doble tesoro.

Al dia siguiente, los cervatillos intentan ya ponerse en pie. ¡Oh! Sus patitas no dejan de temblar. Apenas han conseguido su propósito, cuando llegan en masa sus amigos. Todos, prendados de su belleza, quieren acariciarlos; uno tras otro, se presentan por su nombre y les proponen mil juegos. Tambor ya ha preparado incluso varios consejos para ir educándolos: ¡no olvidemos que siempre se ha considerado un buen maestro!

Los cervatillos abren unos ojos tan grandes como extrañados, acurrucados el uno contra el otro, estupefactos ante tanto trajín. Pero Falina los tranquiliza como antaño hizo Mamá Cierva con Bambi:

-Son todos amigos vuestros. Os quieren mucho y no debéis tener miedo.

Bambi ya es cabeza de familia. Debe salir a buscar comida y a inspeccionar los alrededores, para ver si todo está en orden y en paz. Se aleja con paso fírme. Ya no es aquel Bambi despreocupado para quien todo era juego y placer. Ahora es padre de dos hijos, y es como si hubiera crecido el doble de la noche a la mañana.

De pronto, se encuentra cara a cara con el Rey, su padre.

-Me alegro mucho por Falina y por ti -le dice—. Espero que seáis unos padres ejemplares y que los eduquéis tan bien como contigo lo hicieron tu madre y tía Ena.

Bambi está visiblemente emocionado, pero mira a su padre fijamente, sin bajar los ojos. Le parece aún más grande y majestuoso que nunca. Su cornamenta forma una soberbia corona, la corona de todo un Rey. Y Bambi, ¡qué duda cabe!, está muy orgulloso de ser su hijo.

-Hijo mio, he estado esperando durante mucho tiempo un día tan señalado como éste, el del nacimiento de tus hijos. Hoy nuestra continuidad ha quedado asegurada. Pero también ha llegado para mi la hora de decirte algo muy importante: veo que eres un ciervo valiente y con experiencia; todos en el bosque te quieren y te respetan. Yo, en cambio, ya soy un anciano y es obligado cederte mi lugar. Presiento que mi vida se acaba.

—¡Eso no es posible! -exclama Bambi, tan asombrado como apenado—. ¡Usted es el Rey y lo seguirá siendo por muchos años!

-No Bambi. Todo tiene un fin en esta tierra.

Uno deja de ser rey cuando deja de ser el más fuerte. Yo he envejecido. Mis fuerzas han pasado a ti y espero que también hayas heredado mi cordura. Te cedo mi reino, este bosque lleno de vida y de peligros. Tú lo gobernarás y lo protegerás. Seguro que eres capaz. Y en los momentos de duda, piensa en mi. piensa en tu madre y compórtate como hicimos nosotros, eso es todo, hijo mió, ¡Adiós!

En ese instante, a Bambi le pareció que dos lágrimas discretas pcrlaban los ojos de su anciano padre. También él se siente muy emocionado. pero el Rey ha hablado y las cosas han de hacerse tal y como él ha dicho.

Bambi emprende el camino de regreso. Se diría que su cornamenta ha crecido en este momento tan solemne. Lanza una mirada a su alrededor: el bosque, su bosque. Se promete a si mismo ser un rey digno de la voluntad de su padre. A paso lento, vuelve al lado de Falina y sus hijos: «Una reina y dos principes», piensa Bambi. Mientras acaricia tiernamente a sus hijos, se siente colmado de felicidad.

-Yo soy el Rey. pero siempre estaré a tu lado —susurra tiernamente al oído de Falina.

Ella sabe que Bambi cumplirá su promesa.

¡Es tan feliz!

Cuentos para niños